El 21 de septiembre de 2000, un hecho trágico marcó un hito en la historia reciente de España. José Luis Ruiz Casado, un edil del Partido Popular en el Ayuntamiento de Sant Adrià de Besòs, fue asesinado a plena luz del día. Este acto de violencia no solo acabó con la vida de un hombre, sino que también reveló la reactivación de un comando de ETA en Barcelona, un grupo que había estado inactivo durante un tiempo. La noticia del asesinato resonó en toda España, y muchos comenzaron a temer que la violencia de la organización terrorista volviera a ser una realidad palpable en las calles de las ciudades.
Rafa Jiménez, quien en ese momento era subinspector en el Grupo 2 de Información de la Policía Nacional, recuerda cómo ese día cambió la vida de muchos. “Éramos un grupo de jóvenes policías, y con este primer atentado, supimos que estábamos a punto de vivir una experiencia que marcaría nuestras carreras”, comenta Jiménez. La sensación de urgencia y compromiso se apoderó de ellos, y aunque eran conscientes del peligro, su dedicación a la causa era inquebrantable.
La investigación que siguió al asesinato de Ruiz Casado reveló que el comando que había llevado a cabo el atentado tenía la libertad de elegir sus objetivos. Los líderes de ETA habían señalado a dos figuras como prioritarias: el periodista Luis del Olmo y el político socialista Ernest Lluch. Este último, un exministro de Sanidad, fue asesinado poco tiempo después, el 21 de noviembre de 2000. La muerte de Lluch fue un golpe devastador para la sociedad catalana, que aún estaba lidiando con las secuelas de la dictadura y la transición a la democracia. La respuesta social fue abrumadora, con una manifestación masiva en Barcelona que mostró el rechazo a la violencia y la lucha por la paz.
### La Investigación y el Comando Barcelona
La investigación del Grupo 2 de la Policía Nacional se convirtió en una carrera contra el tiempo. Los agentes estaban decididos a desarticular el comando que había comenzado a sembrar el terror en la región. A pesar de que los tres terroristas que formaban parte del grupo no estaban lejos, la tarea de localizarlos y detenerlos era complicada. Se escondían en un piso en el Born, a escasa distancia de la comisaría de Vía Layetana, donde trabajaba el Grupo 2.
Antes de que finalizara el año 2000, el comando perpetró más atentados. El 14 de diciembre, colocaron una bomba en el coche de Francisco Cano, el único edil del PP en el Ayuntamiento de Viladecavalls. Afortunadamente, el artefacto no detonó cuando Cano arrancó su vehículo, pero más tarde, la bomba explotó, causando su muerte. Este patrón de violencia continuó con el intento de asesinato de Luis del Olmo, quien fue objeto de múltiples atentados. En uno de esos intentos, el agente de la Guardia Urbana Juan Miguel Gervilla fue asesinado.
El plan de ETA era claro: sembrar el miedo y la incertidumbre. La organización terrorista había planeado colocar un coche bomba en la ruta que del Olmo solía tomar hacia la radio. Sin embargo, el coche bomba se averió, lo que llevó a Gervilla a investigar el vehículo sospechoso. En un giro trágico del destino, fue asesinado por los terroristas, quienes continuaron su camino hacia la violencia.
La captura de los miembros del comando Barcelona fue un momento crucial en la lucha contra el terrorismo en España. Los tres terroristas, Fernando García Jodrá, José Ignacio Krutxaga y Lierne Armendariz, fueron arrestados tras un enfrentamiento con la policía. Durante su detención, se descubrió que estaban en posesión de una lista de objetivos, que incluía a policías, guardias civiles y miembros de la familia real. Este hallazgo subrayó la seriedad de la amenaza que representaba ETA en ese momento.
### La Respuesta de la Sociedad y el Legado de la Violencia
El asesinato de figuras como Ernest Lluch y José Luis Ruiz Casado no solo tuvo un impacto en la política y la seguridad, sino que también dejó una huella profunda en la conciencia colectiva de la sociedad española. La manifestación en Barcelona tras la muerte de Lluch fue un claro indicativo del rechazo a la violencia y la búsqueda de un futuro en paz. La gente salió a las calles, uniendo sus voces en contra del terrorismo y exigiendo un cambio.
A medida que pasaron los años, la lucha contra ETA se intensificó. Las fuerzas de seguridad se comprometieron a desarticular la organización y a llevar a sus miembros ante la justicia. Sin embargo, el camino no fue fácil. La violencia continuó, y muchos más perdieron la vida en el proceso. La sociedad se dividió entre quienes apoyaban la lucha armada y quienes abogaban por el diálogo y la paz.
El legado de estos años oscuros sigue presente en la memoria de muchos. Las historias de los policías que arriesgaron sus vidas, de las víctimas que perdieron a sus seres queridos y de la sociedad que se unió en contra de la violencia son recordadas con respeto y solemnidad. La lucha por la paz y la justicia continúa, y aunque ETA ha sido desarticulada, el recuerdo de sus actos violentos persiste en la historia de España.
La historia de la violencia en Barcelona durante los años 2000 es un recordatorio de la fragilidad de la paz y la importancia de la memoria colectiva. La sociedad española ha aprendido de estos eventos y sigue trabajando para construir un futuro donde la violencia no tenga cabida. La lucha por la justicia y la verdad es un compromiso que debe ser mantenido, no solo por las víctimas, sino por toda la sociedad.
