¿Quién les teme a las primarias?

El Gobierno nacional les teme a las primarias. Y no por la emergencia sanitaria. Teme perder. Intuye un volcán de voto castigo y que la suma anticipada de los adversarios saque más votos que el oficialismo.

A su modo, también les teme la oposición. Porque cree que su unidad es frágil. Piensa que si le quitan las primarias, habrá fracturas expuestas en la elección general. Intuye que la resta de esos votos dejará al Congreso en la mano voraz del oficialismo.

Paradoja de las primarias: el Gobierno no quiere que se hagan; la oposición no concibe el esfuerzo de unificarse sin ellas.

Llevado al extremo, el razonamiento del Gobierno es insostenible. Afirma que la pandemia vino para quedarse. No sabe cómo ni hasta cuándo. Además de los privilegios, no tiene un plan de vacunación. Dice hacer todo lo que está a su alcance para cuidar a la gente. Pero por las dudas quiere esconder las urnas. No vaya a ser que la gente evalúe la política sanitaria.

También llevado al extremo, el argumento de la oposición es endeble. Sostiene que el Gobierno esconde las urnas para destruir a la república. Pero ante semejante evidencia, los republicanos dicen que sólo las internas los pueden unir. Y unas internas organizadas por el Estado.

En el fondo de la controversia por la realización, el modo y la fecha de las primarias, subyace el abismo que separa a la sociedad de los partidos políticos. La sociedad se hunde en la crisis de dos cuarentenas. La cuarentena sanitaria que ya se hizo y amenaza con volver. Y la cuarentena de ciudadanos sumidos en la pobreza. El 42 por ciento irrefutable de la decadencia nacional.

Frente a esa interpelación, la política sigue debatiendo la fecha de las primarias de agosto porque desvaría creyendo que las primarias de agosto son un adelanto de las de 2023.

¿Parece toda una exageración? Conviene revisar las pruebas.

Cristina Kirchner quiere posicionar este año a su sucesor en el poder. Para los ideólogos del Instituto Patria, las elecciones de medio término son el último obstáculo para poner en la carrera presidencial a su verdadero proyecto político. Que no es el actual, enmascarado apenas en la presidencia Fernández, sino Máximo Kirchner. Y la generación política referenciada en La Cámpora.

Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta quieren las primarias para no fracturar su espacio político, porque en las elecciones de octubre comienzan a perfilarse las candidaturas de 2023.

Sus aliados piensan lo mismo. En cada territorio hay un dirigente, un diputado, un senador, que quiere asomar la cabeza en las generales de este año como el jefe inmediato de su distrito. El próximo intendente, el inminente gobernador.

Mientras la sociedad acelera a pasos agigantados su decadencia, la política sólo está unida en una convicción imperturbable: las primarias y generales de 2021 ya son las primarias de 2023. Un desvarío.

Por lo general, estas alienaciones vienen camufladas con ropaje democratista. El PJ eligió sus autoridades a dedo en nombre de la democracia, y la UCR se internó en su interna con la misma bandera en mano. Cada disputa intestina parece ser tan imposible de resolverse en el diálogo civilizado, que lo único que parece democracia es un cachetazo en las urnas.

El radicalismo de los principales distritos acaba de dar un ejemplo. Se congratuló a sí mismo con unas internas para elegir autoridades. En los dos territorios más densamente poblados, esas internas terminaron en la Justicia. En el caso de la provincia de Buenos Aires, en manos del juez kirchnerista Alejo Ramos Padilla. Si la disputa sube de escaño, concluirá en la oficina del flamante camarista electoral Daniel Bejas, exapoderado del PJ tucumano.

Lo más curioso: según sus protagonistas, las internas no resolvieron nada. Y esperan las primarias para rascarse las pulgas.

Votar. En plena pandemia, los únicos preocupados son los políticos, no la gente. (La Voz / Archivo)

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