Juan Domingo Biden y el nieto del chino pícaro

No debe preocuparse el Departamento de Estado norteamericano. Es cierto que Alberto Fernández quiso elogiar a Joe Biden por el discurso que pronunció días atrás ante el Capitolio. Es verdad que no encontró mejor modo que treparse a su ego y decir que a todo eso que anunció Joe Biden en su mensaje, la Argentina ya lo hizo completo, a mediados del siglo pasado.

Es cierto también que, para resumirlo, Fernández encontró la fórmula más canchera del mundo: lo llamó “Juan Domingo Biden”. Pero a estar por la lógica de los hechos, la diplomacia norteamericana debería prevenirse si lo dijera Federico Basualdo, el subsecretario de Energía que -cualquiera fuera ahora su destino- ya demostró tener más anclaje en la Casa Rosada que el propio Presidente que lo designó. Basualdo es Cristina, claro está, pero ya obtuvo sus 15 minutos de Basualdo.

Tampoco debe afligirse la Corte Suprema de Justicia. Es cierto que Alberto Fernández hizo tronar sus advertencias tras el fallo que le reconoció, a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires. Y es verdad que esas advertencias suenan más bien temerarias: “Dicten la sentencia que quieran, vamos a hacer lo que debemos”. Casi una notificación de rebeldía. Pero es una advertencia que proviene del club de los agobiados. A la fabricación del conflicto de poderes ya la anunció el vacunado Horacio Verbitsky hace dos semanas y la explicó antes en la cátedra universitaria el encartado Amado Boudou.

El fallo de la Corte nunca ingresó en el análisis de la razonabilidad de la medida en cuestión -la apertura o cierre de escuelas durante la emergencia sanitaria en el Amba- sino que resolvió sobre la falta de competencia del Ejecutivo Nacional para dictarla.

Cristina Kirchner ordenó elevar esa demanda hasta la Corte sólo para quejarse del fallo más previsible. Si no hay rechazo, no hay lawfare. Pero nada en esa estrategia lo decide Alberto Fernández.

El que debe preocuparse es Martín Guzmán. Ya se consumió más de un año de su licencia en Columbia y no sólo lo están abandonando desde adentro al ingrato destino de colapso para su teoría alternativa de reestructuración de deudas soberanas. También le están sacando el cuerpo ahora que está cara a cara con el mismo artefacto explosivo que enfrentaron sus predecesores. La inflación vuela y la deuda cotiza en default. El tiempo le está dejando sólo dos cables para cortar: ¿dólar? ¿tarifas?

Le vendrán seguramente a la memoria algunos recuerdos. Domingo Cavallo (Harvard, que no es Columbia, pero tampoco Chicago) le criticó a Mauricio Macri el cable que cortó primero. Se apuró a soltar el cepo cambiario y recién luego se dio cuenta: el trotyl inflacionario estaba más activo en las tarifas.

Guzmán quiere hacer gradualismo con los dos cables rojos, mientras le promete al FMI mayor ajuste fiscal. Cristina ya le bajó el pulgar a las tres cosas. Devaluación o tarifazo son las dos caras inclementes del Estado inflacionario. Es doctrina conocida desde Celestino Rodrigo.

Guzmán pide achicar un poco el déficit. Inadmisible para el Instituto Patria: fue la consigna central en el discurso inaugural de Fernando de la Rúa. El presidente aburrido. Como dicen en Estados Unidos -tras el vértigo de Donald Trump- respecto de Juan Domingo Biden.

Ese guiño de bautismo que Alberto Fernández le hizo a Biden tiene un antecedente que cobrará actualidad rigurosa en cuestión de días. “Ese chinito pícaro me roba las ideas”, supo decir con sorna Juan Domingo, el verdadero, sobre el chino Mao Tsé Tung. Fernández se encontrará en breve con Xi Jinping. Un antiguo perseguido de Mao que conduce el capitalismo chino como jefe supremo del comunismo chino.

Xi Jinping jura que no exporta su modelo. Desde 2014 viene impulsando un megaproyecto de inversión global con presencia concreta en más de 130 países que reúnen el 48 por ciento de la población mundial. De allí el discurso de Biden. Porque a los sindicatos, sus votantes los conocen al menos desde el fantasma de Jimmy Hoffa.

Fernández viajará meditando las recientes desgracias de su único aliado europeo: el gobierno español de Pedro Sánchez. El socialismo de Sánchez, aliado al populismo de Podemos, perdió ayer por paliza en la estratégica comunidad de Madrid.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias cavaron una trinchera en plena pandemia llamando a la resistencia contra un fascismo nuevo, en el que decidieron incluir a todos los que pensaban distinto. Con discurso de lawfare, virulencia verbal contra los medios y alusiones a la doctrina del “golpe democrático”. La oposición arrasó en las urnas. Dicho en términos filosóficos: plop.

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