Hondureña cuenta cómo fueron sus tres años encerrada en un santuario de Utah

La Prensa

Utah, Estados UnidosEl pasado 15 de abril, Vicky Chávez tocó las campanas de la Primera Iglesia Unitaria, en Salt Lake City, Utah, que le dio santuario y refugio durante los últimos tres años para evitar que la deportaran.

El trinar representó un himno de libertad: la hondureña recibió por parte de la Administración Biden un permiso para quedarse en el país durante un año, mientras su caso se resuelve en las cortes.

«Me di la alegría de tocar las campanas de la Iglesia porque ese era mi sueño, el día que yo fuera libre esas campanas de la Iglesia iban a sonar y a sonar», contó la migrante en entrevista.

El 2 de junio de 2014, Chávez aprovechó una oportunidad para escapar de la violencia doméstica y las amenazas de pandillas en su natal Honduras y emprendió, junto con su hija de dos años, un viaje hacia Estados Unidos.

Pasó por Guatemala, atravesó México de sur a norte, hasta llegar a Reynosa, donde cruzó el Río Bravo y se entregó a la Patrulla Fronteriza para solicitar asilo.

Ya en Utah, donde se encontró con sus padres que habían emigrado cuando ella era bebé, Vicky pasó años entre audiencias, apelaciones y más procedimientos legales y no logró conseguir el asilo.

El 30 de enero de 2018, bajo la Administración Trump, Inmigración le entregó una orden de deportación a Honduras, adonde ya no tenía quien la recibiera, pues su abuelo, su única familia ahí, había muerto.

Para entonces, Chávez ya tenía otra hija, una bebé de cinco meses.

La inmigrante hondureña Vicky Chávez celebra su libertad.

«Sentí que el mundo se me cayó encima», comenta la hondureña, «dije: ‘¿Quién me va a recibir? ¿A qué casa voy a ir o quién me va a proteger?'».

Entonces, la Primera Iglesia Unitaria de Utah, a través de organizaciones a favor de los migrantes en EU, le ofreció a Chavez santuario -un término para los lugares en que las autoridades no pueden arrestar a migrantes-.

«Voy a andar toda la vida escondiéndome, y con dos niñas pues no es vida, esa no iba a ser vida ni para ellas ni para mí», dice sobre lo que pensó entonces.

«Fue cuando decidí tomar santuario».

Dentro de la Iglesia, le cedieron un salón de clases y «lo transformaron como en un hogar», relata.

Instalaron camas, tenían baño y cocina, y el personal las apoyaba las 24 horas como si fueran de su familia.

Ahí, su hija pequeña aprendió a gatear, luego a caminar y a hablar.

La mayor, ahora de nueve años no entendía del todo por qué no podían salir.

Así, se pasaron tres años.

Además del permiso para quedarse un año en EU, que implica la suspensión de deportación y que espera poder renovar y luego conseguir la residencia permanente, a Chávez se le retiró una multa por medio millón de dólares que le habían impuesto las autoridades por no dejar el país.

La hondureña estvuo 1,168 días viviendo en la iglesia.

Desde que llegó Joe Biden al poder, además de ella, al menos otros cuatro migrantes han dejado las iglesias donde se refugiaron por años: José Chicas, un salvadoreño en Carolina del Norte; Alex García, otro hondureño en Misuri; Edith Espinal, mexicana en Ohio, e Hilda Ramírez, una guatemalteca en Texas.

Ahora, después de más de mil 160 días encerrada, Chavez decidió quedarse en Utah y escuchar las campanas de su libertad.

«Cuando salí de la iglesia, pude dar un pie afuera, respirar un aire diferente, sentirte que eres libre, que puedes volar», celebra.

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